¡Increíble! El CONICET pierde su STREAMING: ¿Qué está pasando y por qué nadie lo defiende? ¡Descúbrelo ya!

Durante 2025, la ciencia argentina experimentó un fenómeno de visibilización y apoyo popular sin precedentes, impulsado por el éxito de la expedición Underwater Oases of Mar del Plata Canyon. La misión del Schmidt Ocean Institute destacó principalmente por el streaming en vivo del CONICET, que permitió a los espectadores explorar la biodiversidad de un ecosistema submarino poco conocido. Durante varios días, la transmisión fue vista por cientos de miles de personas, convirtiéndose en el contenido más visto de YouTube Argentina, con miles de interacciones, especialmente en X (ex Twitter).

Ese evento catapultó al CONICET a un estatus de tendencia cultural, transformando a la estrella culona en un símbolo del orgullo nacional que adornó remeras, bolsos y souvenirs. Nadia “Coralina” Cerino, una de las biólogas marinas involucradas, se convirtió en un icono pop en las redes sociales gracias a su carisma y experticia. Lo que comenzó como una transmisión científica se transformó en una épica colectiva, creando un vínculo emocional entre la sociedad y su sistema científico. Sin embargo, este aparente entusiasmo se ha visto sombrío por la realidad actual.

Hoy, ante el desmantelamiento deliberado del sistema científico en Argentina, las reacciones sociales son sorprendentemente bajas. El congelamiento de becas, la paralización de proyectos y el vaciamiento presupuestario han generado una escasa indignación masiva. La pregunta que surge es: ¿cómo puede un país enamorarse de su ciencia y, meses después, permitir que la destruyan sin resistencia? Este modelo económico y social que prioriza la competencia puede obligar a la población a centrarse únicamente en la supervivencia diaria.

Recientemente, el gobierno nacional anunció la cancelación de las convocatorias públicas a proyectos de investigación, que eran fundamentales para el sistema científico argentino. La Agencia Nacional de Promoción de la Investigación, el Desarrollo Tecnológico y la Innovación (I+D+i) cerró las líneas PICT 2022, incluso aquellas ya adjudicadas, y clausuró la convocatoria correspondiente a 2023. Como resultado, Argentina se convertirá en 2026 en el único país de América Latina que no invierte en ciencia básica y pública. En su lugar, se implementará el Apoyo a la Investigación Científica (AIC), una línea de financiamiento centrada en salud, agroindustria, energía y minería, excluyendo las ciencias básicas y las humanidades.

Desde principios de 2025, el gobierno también paralizó nuevos ingresos al CONICET y bloqueó concursos aprobados, lo cual ha sido denunciado por diversas instituciones académicas como un “golpe de gravedad inédita” al sistema científico. Están en riesgo la continuidad de generaciones de científicos y la estabilidad de proyectos consolidados. La comunidad científica ha anunciado que iniciará un plan de lucha "en defensa del Sistema Científico Nacional", con movilizaciones en ciudades como Córdoba, Posadas, Rosario y Buenos Aires. Sandra Torlucci, vicepresidenta de la Comisión de Ciencia, Técnica y Arte del Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), ha calificado este proceso como un “cientificidio”.

A pesar de la gravedad de estos acontecimientos, la respuesta pública ha sido mínima, lo que se suma a una larga lista de sectores afectados por las políticas del gobierno. Lo que en un momento fue celebrado como símbolo de orgullo nacional parece haber perdido su capacidad de movilización. La ciencia, antes vista como un tesoro colectivo, ahora es percibida con apatía, destacando la fragilidad del sistema y la necesidad de inversión estatal.

Aunque el streaming del CONICET abrió una ventana de asombro y demostró que existe una sensibilidad hacia la ciencia, este apoyo no se ha traducido en acción sostenida. La ciencia ha sido convertida en un objeto de consumo afectivo fugaz, olvidándose de que detrás de cada avance hay décadas de inversión estatal, formación y planificación. La percepción de que la ciencia puede prosperar sin un apoyo institucional sólido ha alimentado un discurso neoliberal que reduce lo público a un gasto superfluo.

En el contexto del capitalismo digital, donde la atención se fragmenta y los reclamos se convierten en experiencias privadas, la destrucción del sistema científico no se percibe como un problema colectivo. Todo se reduce a notificaciones en dispositivos móviles, mientras la fatiga social y la saturación informativa limitan la capacidad de indignación y movilización. La lógica del consumo digital favorece reacciones inmediatas y superficiales, neutralizando el potencial de la organización política.

El desmantelamiento del sistema científico, en esta atmósfera de incertidumbre económica y social, se convierte en un problema secundario, relegado a un espacio distante en la vida cotidiana de las personas. La fragmentación del reclamo y las reformas impulsadas por el gobierno han sido implementadas con tal precisión que han logrado anestesiar a la población, limitando su capacidad de respuesta ante ataques graves. En medio de esta crisis, la ciencia se presenta como un lujo prescindible, ignorando así su crucial papel en el desarrollo sostenible y soberano del país.

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