¡Descubre cómo la inflación en alimentos arrasó con tu salario en solo 6 meses y qué medidas tomar YA!

En el último año, el salario promedio en Mendoza ha quedado rezagado frente a la inflación general y, especialmente, a los aumentos en el precio de los alimentos. Según datos de la Dirección de Estadísticas e Investigaciones Económicas (DEIE), el Índice de Precios al Consumidor (IPC) ha sido gravemente afectado por el incremento constante de los costos de los alimentos, que han experimentado un proceso de recalentamiento a lo largo de 2024. Este fenómeno se evidenció en cifras alarmantes, con el aumento del índice de alimentos contribuyendo en enero de 2025 a un 30,4% de la inflación mensual, escalando a 34,7% en noviembre.

Este escenario subraya la crucial importancia de los alimentos en la canasta familiar de los mendocinos y su papel central en la dinámica inflacionaria provincial, la cual, aunque sujeta a las tendencias nacionales, presenta particularidades propias. La variabilidad en el impacto de los precios de los alimentos se ha vuelto evidente: en enero de 2024, la suba de alimentos y bebidas representó el 28,5% de la inflación general, mientras que en febrero fue del 25,6%. Sin embargo, hacia el cierre del año, este porcentaje repuntó nuevamente, reflejando la inestabilidad del sector.

La presión inflacionaria sobre los alimentos se ha intensificado, exacerbada por el aumento en los costos de insumos y logística. Un informe de noviembre de 2024 destaca que, a pesar de una leve estabilización en algunos meses, los precios de los alimentos continúan siendo un motor significativo de la inflación general. En el segundo semestre de 2025, Mendoza registró una inflación acumulada del 11,7%, con el índice de alimentos subiendo un 12,3%. En contraste, el salario promedio de los trabajadores formales creció por debajo del 10%, específicamente un 9,8% según el índice Remuneración Imponible Promedio de los Trabajadores Estables (RIPTE).

Este comportamiento ha llevado a un claro deterioro del poder adquisitivo en la población trabajadora. A lo largo del segundo semestre, se observó que, a pesar de haber comenzado con un buen desempeño en julio, donde el salario creció 2,9% frente a una inflación del 1,9%, la situación se revirtió rápidamente. En octubre, el salario logró aumentar un 2,7%, superando levemente a los alimentos, que subieron 2,6%. Sin embargo, en noviembre, la inflación alcanzó un 2,7%, mientras que los salarios apenas se movieron un 1,2%, lo que implicó una pérdida de 1,5 puntos porcentuales en términos de poder adquisitivo.

La comparación entre los aumentos en los precios de los alimentos y los salarios es crítica. Aunque en julio el salario superó el IPC general, en realidad perdió contra los precios de los alimentos, que aumentaron 3,3% en ese mes. En noviembre, la situación se tornó aún más grave, con los precios de los alimentos incrementándose al doble de la tasa de aumento del salario formal promedio. Esto se traduce en una tendencia preocupante: los precios de los alimentos se han vuelto más rígidos y altos que la variación salarial, lo que sugiere que la canasta alimentaria se está tornando cada vez más inaccesible para el ciudadano promedio.

Ante este escenario, se hace urgente reflexionar sobre las políticas económicas implementadas y su impacto directo en la vida cotidiana de los argentinos. La pérdida de poder adquisitivo y el encarecimiento de la canasta básica afectan a la mayoría de los hogares, especialmente a aquellos con ingresos fijos. La combinación de costos de producción, variabilidad climática y dificultades logísticas no solo está afectando el mercado de alimentos, sino también el bienestar general de la población.

La situación actual nos invita a preguntarnos: ¿qué medidas se están tomando para revertir esta tendencia? La inflación en los alimentos no solo es un problema económico; es un desafío social que requiere atención inmediata y acciones concretas para proteger el poder adquisitivo de los trabajadores argentinos.

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