¡Descubre el secreto que los expertos en salud mental NO quieren que sepas y transforma tu vida YA!

Hay columnas que se escriben para informar. Otras, para incomodar. Y algunas, como esta, se escriben para agradecer, recordar y cerrar ciclos. Hoy quiero dejar una reflexión sobre la salud mental, un tema que ha adquirido una relevancia vital en nuestra sociedad.

Gracias a quienes han estado aquí semana tras semana. A quienes leen en silencio, a quienes escriben con preguntas, a quienes discrepan, a quienes se conmueven. Esta columna existe por y para ustedes, lectores dispuestos a detenerse unos minutos para pensar la salud mental no como una moda o una etiqueta diagnóstica, sino como una responsabilidad humana, histórica y colectiva.

Índice
  1. La historia de un olvido
  2. La era química: luces y sombras

La historia de un olvido

Desde la Antigüedad, la salud mental ha ocupado un lugar incómodo en la sociedad. Hipócrates propuso algo revolucionario para su tiempo: que el sufrimiento mental no era un castigo divino, sino un fenómeno natural relacionado con el cerebro y el cuerpo. Sin embargo, esta perspectiva no prosperó. Durante siglos, lo que no podía medirse, pesarse o verse quedó relegado. En la Edad Media y durante la Inquisición, la psique se volvió sospechosa; el dolor mental se interpretó como posesión, pecado o herejía, y lo que se desconocía se castigaba o se excluía.

Fue hasta inicios del siglo XX cuando Sigmund Freud rompió ese silencio al proponer que los síntomas tienen una razón de ser, vinculados a la historia personal, al trauma y al deseo. La mente volvió a tener narrativa, profundidad y simbolismo, pero el péndulo se fue al otro extremo: se centró tanto en el mundo interior que se olvidó del cuerpo, generando otra fragmentación dañina.

La era química: luces y sombras

A mediados del siglo XX, el descubrimiento de los psicofármacos transformó por completo la psiquiatría. La teoría de los neurotransmisores ofreció alivio a millones de personas, pero también redujo el sufrimiento humano a simples desequilibrios químicos. La historia de vida, el contexto social, el trauma y el cuerpo quedaron en segundo plano, consolidando uno de los grandes obstáculos para una mirada integrativa: la creencia de que entender la molécula era suficiente para entender a la persona.

Con el avance de las neurociencias en el siglo XXI, impulsadas durante la presidencia de Barack Obama, el conocimiento sobre el cerebro ha progresado notablemente. Aprendimos mucho, pero seguimos confundiendo ver con comprender.

En los últimos años, algunos descubrimientos han vuelto a sacudir este reduccionismo. Por ejemplo, el papel de la microbiota intestinal en la salud mental ha demostrado que el intestino dialoga con el cerebro y produce neurotransmisores. Además, hemos aprendido que la inflamación crónica, la dieta, el estrés temprano y el estilo de vida influyen directamente en la ansiedad, la depresión y el deterioro cognitivo. Este hallazgo ha obligado a la ciencia a admitir que no se puede tratar la mente sin considerar el cuerpo.

El resurgimiento de la investigación con psicodélicos y terapias asistidas también ha traído un recordatorio poderoso sobre la importancia de la experiencia subjetiva. No se trata solo de qué sustancia se utiliza, sino del contexto, el acompañamiento y la historia personal del individuo. La neuroplasticidad deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una experiencia vivencial.

Esta columna existe para recordar que no somos solo cerebros flotando; que la salud mental no se reduce a química; que el dolor psíquico no se cura con silencios ni con recetas rápidas. Lo “holístico” —tan mal llamado— es, en realidad, una verdad antigua que la ciencia apenas está redescubriendo.

Durante este tiempo hemos abordado temas como el uso de psicodélicos, la ibogaína, la relación entre género y ciencia, la ética en la investigación, el duelo y la muerte. Todos estos temas han generado debate y reflexión, obligándonos a pensar de manera diferente.

Cerrar el año también es cerrar una forma de mirarnos. Que 2026 nos encuentre más atentos a nuestras señales internas. Menos exigentes, más compasivos. Más críticos con lo que consumimos —información, discursos y soluciones mágicas— y más amorosos con lo que habitamos: nuestros vínculos, nuestros cuerpos, nuestras emociones.

Gracias por leernos. Gracias por cuestionar. Gracias por quedarse. Que el próximo año nos regale salud, sí, pero no solo la que se mide en estudios clínicos, sino también la que se siente cuando hay coherencia entre lo que pensamos, lo que sentimos y la forma en que vivimos. ¡Hasta el 2026!

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