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Un dólar en declive y un petróleo caro remodelan el panorama global
Por Alejandro Marcó del Pont | 3/02/2026
La situación financiera global se encuentra en una encrucijada marcada por dos fenómenos interrelacionados: la desdolarización y la desfiatización. La desdolarización se refiere al proceso mediante el cual países y actores globales buscan reducir su dependencia del dólar estadounidense en el comercio y las transacciones internacionales, optando por monedas alternativas como el euro o el yuan. Por otro lado, la desfiatización implica un alejamiento de todas las monedas fiduciarias, es decir, aquellas que no están respaldadas por un activo físico, y se dirige hacia activos con valor intrínseco, como el oro o las criptomonedas.
En este contexto, el precio del oro ha alcanzado niveles históricos. A inicios de 2026, supera los 5.500 dólares la onza, lo que no solo refleja una huida hacia un valor seguro, sino también una señal clara de la desvalorización general de las monedas fiduciarias. Esta dinámica ha generado un cóctel volátil que, sumado a la abultada deuda pública estadounidense —que supera los 38 billones de dólares— y a tasas de interés relativamente bajas, aumenta el riesgo de una crisis que podría ser fiscal, financiera o monetaria.
La desdolarización mina la confianza en el dólar y, a su vez, acelera la desfiatización, llevando a bancos centrales a acumular oro como un seguro ante la inestabilidad. En enero de 2026, este fenómeno es ya un hecho observable, no una mera teoría. Las políticas internas de Estados Unidos, en un año electoral, complican aún más el escenario. La administración actual enfrenta la presión de presentar resultados económicos favorables antes de las elecciones de medio término.
Una de las estrategias que parece seguir el Gobierno estadounidense es la devaluación deliberada del dólar, combinada con tasas de interés bajas. Esto busca estimular el crecimiento económico, haciendo que las exportaciones estadounidenses sean más competitivas. Sin embargo, las implicaciones son graves. Un dólar depreciado encarece las importaciones, desde componentes electrónicos hasta bienes de consumo, lo que presiona la inflación en la economía.
El otro vector en esta tormenta perfecta es geopolítico. La posibilidad de un conflicto militar con Irán podría resultar en un aumento drástico de los precios del crudo, superando los 150 dólares por barril, lo que generaría un shock energético global. Aunque Estados Unidos es un productor neto de petróleo gracias al shale, no sería inmune a esta crisis. Los precios de la gasolina se elevarían abruptamente, alimentando aún más la inflación interna.
Los efectos de un dólar en declive y un petróleo caro tienen un impacto significativo en la economía global, especialmente para países emergentes como Argentina, que tienen deudas denominadas en dólares. Esto incrementaría drásticamente el costo de sus obligaciones, elevando el riesgo de impagos. Economías asiáticas importadoras de energía también sufrirían, mientras que Europa, en su proceso de recuperación de la crisis energética post-Ucrania, enfrentaría aún mayores costos en el gas.
Lo que distingue la situación actual de episodios históricos, como el Acuerdo de Plaza de 1985, es que la actual deuda estadounidense supera el 120% del PIB, en comparación con el 40% de aquella época. Una devaluación en este contexto es un arma de doble filo, ya que, aunque podría actuar como un "impago suave", su efecto en la confianza de los inversores podría ser catastrófico.
La disposición global a comprar y mantener bonos del Tesoro estadounidense es fundamental para la estabilidad del sistema. Si los acreedores extranjeros comienzan a percibir el dólar como un activo en declive, exigirán tasas de interés mucho más altas, lo que llevaría a una crisis fiscal. Un aumento brusco en los rendimientos de los bonos haría que el servicio de la deuda se disparara, consumiendo una parte cada vez mayor del presupuesto federal.
En este escenario, la Reserva Federal se encontraría en una encrucijada: podría verse obligada a monetizar la deuda de manera masiva, lo que alimentaría una inflación galopante, o aumentar las tasas de interés, empujando la economía hacia una recesión profunda. La combinación de inflación, pérdida del valor de ahorros y tensiones sociales podría marcar el rumbo en las urnas en noviembre de 2026, afectando a quienes estén en el poder.
En resumen, la encrucijada de 2026 presenta un panorama donde las herramientas económicas tradicionales de Estados Unidos están limitadas por su pesada deuda. La búsqueda de un dólar más débil y dinero barato, aunque tentadora a corto plazo, alimenta la desdolarización y la desfiatización a nivel global, todo mientras socava la estabilidad financiera interna. El oro, símbolo de confianza, se convierte en un termómetro de esta crisis, que podría tener consecuencias duraderas para la economía global y, por ende, para Argentina.
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