¿Estás listo para el impacto? Descubre cómo el cambio de presidente puede desatar una crisis mental en el 70% de los argentinos.

El reciente cambio presidencial en Chile ha generado un ambiente de polarización intensa, donde muchos sectores de la sociedad perciben la situación como un dilema casi irreconciliable entre proyectos políticos. Este contexto no solo es un ámbito de disputa electoral, sino que también puede operar como un amplificador de malestar psíquico, tanto a nivel individual como colectivo.
Las elecciones, en cualquier democracia, son un momento crucial. Sin embargo, en tiempos de incertidumbre social, económica e institucional, los ciudadanos tienden a identificarse profundamente con sus líderes y candidatos. Este fenómeno no se limita a una adhesión racional hacia un programa, sino que se convierte en una apuesta afectiva donde se proyectan esperanzas válidas: justicia, orden, seguridad, y acceso a derechos básicos como la salud y la educación.
Cuando el candidato o proyecto que los votantes apoyan es derrotado, surge la sensación de frustración, acompañada de emociones como la rabia o el resentimiento. Este no es un fenómeno exclusivo de una ideología o sector político; es una experiencia común que se manifiesta en todos los rincones de la sociedad. La polarización afectiva se convierte en un espacio donde cada persona tramita conflictos internos, utilizando categorías políticas como contenedores simbólicos de angustias y expectativas.
Desde una perspectiva psicológica, la situación remite al malestar en la cultura, tal como lo describió Sigmund Freud. La tensión entre las pulsiones del deseo y las exigencias del contexto social se exacerba en momentos críticos, lo que puede traducirse en un aumento de la ansiedad y una hostilidad hacia aquellos que son percibidos como diferentes. En este sentido, la política deja de ser solo un espacio de deliberación racional y se transforma en un escenario emocional donde se juegan afectos primarios y fantasías de salvación o catástrofe.
El acto electoral, por ende, afecta la capacidad democrática de la población. Esta no solo se entiende como la adhesión a normas institucionales, sino también como una forma de madurez emocional: la capacidad de tolerar la diferencia y sostener la incertidumbre sin recurrir a figuras autoritarias. Cuando esta capacidad vacila, emergen fenómenos de idealización y demonización, así como dinámicas de dependencia masiva que impactan negativamente en la estabilidad emocional de la comunidad.
Lo que resulta inquietante es que el cambio de liderazgo en la política chilena no solo se percibe como un acontecimiento democrático esperado, sino como una crisis subjetiva. Para algunos, representa una promesa de reparación; para otros, una amenaza existencial. Este escenario altera la salud mental de la población, incrementando los niveles de ansiedad y la irritabilidad, y propiciando conflictos familiares y laborales.
Es crucial entender que los resultados de una elección no determinan por sí mismos la salud mental de una sociedad. Más bien, ponen en tensión los recursos psíquicos disponibles para procesar la pérdida y la frustración. La calidad de la vida democrática está íntimamente relacionada con la calidad de la vida emocional de sus ciudadanos. No se trata solo de contar con instituciones sólidas; es necesario cultivar subjetividades que puedan lidiar con la pérdida sin colapsar y aceptar la diferencia sin vivirla como una amenaza personal.
Una democracia saludable requiere individuos que puedan estar solos sin derrumbarse, tolerar la frustración y mantener una relación flexible con el deseo y el conflicto. Este desafío no es exclusivo de Chile, sino que se presenta en toda sociedad democrática. Reflexionar sobre la democracia implica considerar el estado de las subjetividades que la habitan y el entramado relacional que las articula.
En definitiva, más allá de los resultados electorales, lo que se pone en juego es un desafío emocional significativo. La democracia madura se apoya en personas capaces de manejar la complejidad del conflicto, tramitar la diferencia y sostener la pluralidad como condición esencial del lazo social.
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