¡Increíble! ¿Por qué 7 universidades argentinas están al borde del colapso? ¡No te quedes afuera!

En Estados Unidos, el debate sobre la educación superior se ha intensificado, impulsado por figuras como Christopher Rufo, arquitecto de la ofensiva de Trump contra las universidades. Rufo ha expuesto sin tapujos una estrategia alarmante: utilizar la presión financiera para sumergir a las instituciones académicas en un “terror existencial” que las lleve a rendirse. Este fenómeno, que ha encontrado eco en la Comunidad de Madrid, revela una situación preocupante: la región más rica de España cuenta con la universidad pública peor financiada. Lo que se pronuncia en voz alta en EE.UU. se ejecuta en silencio en Madrid, donde la falta de claridad sobre el modelo educativo y el papel de la investigación es abrumadora.

La profesora de Yale, Meghan O’Rourke, ha descrito esta situación con precisión: “No estamos presenciando simplemente un ataque a la academia ni una serie de reformas fiscales. Es un asalto frontal a las condiciones que hacen posible el pensamiento libre”. La realidad en Madrid no es solo resultado de una mala gestión o falta de presupuesto; se inscribe en un contexto más amplio que abarca a las democracias occidentales, donde el ataque a la educación superior forma parte de un esfuerzo por debilitar instituciones que son esenciales para el funcionamiento democrático.

Este ataque no se limita a las universidades; también se extiende a la sanidad pública, los medios de comunicación y la ciencia. Instituciones que ofrecen verdades alternativas a la narrativa política se están convirtiendo en blanco de un asedio silencioso. La técnica utilizada, tal como señala O’Rourke, es la inversión de términos: cuando la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, afirma que la universidad pública está “colonizada por la izquierda” o la presenta como un “nido de escraches y vandalismo”, está desordenando el lenguaje hasta que lo contrario de lo que nombra se convierte en la percepción pública.

El silencio en torno a lo que se espera de la universidad pública es revelador. No se habla de diagnósticos ni de estrategias, lo que obliga a reconocer que el objetivo es, en esencia, reducir la universidad pública hasta dejarla irreconocible. Este vacío de debate se asemeja a dejar una casa en ruinas hasta que se declare inhabitable. En lugar de un proyecto educativo, se impone una demolición presentada como higiene democrática.

A medida que la universidad pública agoniza, surge un ecosistema paralelo de legitimación que crece en su lugar. Se observan ejemplos como las pseudouniversidades autorizadas por el Ministerio, que cuentan con informes negativos, y figuras políticas sin carrera académica ocupando cargos clave. El caso de la Universidad Francisco Marroquín, considerada el "templo del neoliberalismo en Latinoamérica", ejemplifica este modelo, donde los títulos no tienen validez oficial en España ni en la UE, pero sirven para engordar currículos.

Los que critican la ideologización de la universidad pública han creado, entre tanto, su propio circuito de legitimación ideológica. Este proceso busca sustituir instituciones que producen conocimiento validado por aquellas que ofrecen credenciales útiles al poder. La universidad pública resulta incómoda porque su autonomía permite una verdad que no responde al Gobierno ni al mercado; en cambio, las pseudouniversidades son maleables y certifican a quienes financian su funcionamiento.

Las instituciones que han mantenido su independencia, como los servicios públicos de salud, la justicia o el periodismo, se ven amenazadas por esta tendencia. Su autoridad no proviene del poder, lo que genera verdades que no pertenecen a nadie. La diferencia fundamental radica en que estas instituciones no piden fe ciega, sino que ofrecen la posibilidad de verificación. Cuando estas estructuras se desmoronan, se pierde el espacio donde las palabras aún significan lo mismo para todos, lo que afecta la gramática de la convivencia en sociedad.

El sociólogo Harry Collins ilustra este punto al afirmar que el proceso para creer algo no fluye de las estrellas hacia nosotros, sino de nosotros hacia las estrellas. El conocimiento se forma en acuerdos previos sobre qué fuentes merecen confianza. Por eso, mostrar una foto del espacio a un terraplanista no tiene impacto; lo que este cuestiona es la autoridad que respalda la imagen, y esa autoridad hoy está siendo demolida.

Este contexto es esencial para entender por qué la libertad académica no es un privilegio corporativo, sino un espacio donde las ideas pueden desarrollarse sin rendir cuentas al poder. O’Rourke enfatiza la necesidad de exigir más de las universidades en esta era de crisis climáticas y transformaciones tecnológicas. En lugar de cerrar los ojos ante la situación, es crucial promover el debate y la crítica. Si no, corremos el riesgo de permitir que el espacio de la disidencia se reduzca hasta que solo quede la voz de quienes detentan el poder.

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